Crea una calle ahora.
El lenguaje se encuentra en tu boca igual que en
un iris desierto y en las escamas hay un universo
ebrio de horòscopos.
Sòlo los peces dicen que es cierto.
Crea una calle ahora.
El lenguaje se encuentra en tu boca igual que en
un iris desierto y en las escamas hay un universo
ebrio de horòscopos.
Sòlo los peces dicen que es cierto.
Estación Proto-Cultural
Creo que el silencio puede ser épico.
Que algunas de sus cotas son simultáneas o ávidas.
Inundadas por negros terciopelos.
Que debajo de cada noche de neón existe una mañana
de crucifijos.
De bosques que llevan prismáticos y sienes
como si tratarase de marinos o relámpagos de nieve en
un rostro.
También creo en esa obra de la luz donde el brillo
cruza la realidad con una especie de metáfora en su boca.
-por más que parezca el asunto dejó por ello de ser poético-
Con una forma de definición llena de hélices
y espantapájaros.
Con un extraño mundo - si se quiere - de lechuzas que crecen
y alcanzarán un día no sé que inmensidad de naipes.
De neologismos.
Oprimiendo siempre una sentina de hollín en
la silueta que deja una xilografía o el acto de la sed
con reductos de algas y serpientes.
Y yo pienso en ello.
Con la percusión de un violín que humedece sus fibras
hasta llegar al verbo o la carne.
Yo vivo en ello con esa consistencia
que hace de los objetos lo más vulnerable en el mundo.
Es así cuando son guiados por las palabras.
Toda palabras es un prófugo. También un rehén.
Existe en la posibilidad igual que los cometas.
Narra orillas donde la naturaleza es de acrílico
y las figuras dormidas en ella
convocan fractales como si algo semejante al principio
sucediera.
Pero no.
Al igual que en este poema.
Es una herida la que se abre mostrándote el final.
Y el poema lo celebra.
Porque en ese instante se separa de los hombres.
Hay una forma de habitación.
De lenguaje que se introduce en el principio de la hierba.
Existen elevaciones históricas de collares.
Exhortaciones en la profundidad de una mañana en que
eres el único prodigio y llevas una cebra en tu boca.
Un león invisible roza tu piel empero crees que es la brisa.
No te preocupes la belleza mientras más hermosa de manera
mas enorme nos traiciona.
Y nunca lo sabemos.
Longitudes de gravedad que transportan puñales.
Asociaciones de aire en los sonidos que oprimidos por
las palabras no encuentran así las suyas.
En qué ciudad son hallazgos?
En qué vórtice donde semejantes a mánticas y espejos devuelven
a las sienes de una hormiga un crepúsculo.
Animalitos de brea en las mejillas
seguidos de neumáticos.
Una serenidad que filtra un yacimiento dorado
o una lírica penumbra en el cuello.
En el espejismo que seguidamente sin saber porque se
transforma en ángel insomne.
Espíritus que la inocencia desnuda en un trance mientras
la mirada envuelve una constelación que cala
en todo vellocino la ira de una pupila.
La condición del mar mientras resiste en el agua.
La naturaleza de la ola que cifra en cada una de sus crestas
un alfabeto diferente.
Propulsado por seres con cabezas de toros
iluminados por laberintos.
Sólo por laberintos.
En uno de sus laberintos ellos saben bien que un
triángulo de polen
es lo único que los espera.
Siempre he observado la noche.
De alguna forma es semejante a la oscuridad.
Las imágenes danzan en ella sin aguardar la llegada
a la metáfora.
Lo poético es un rasgo apenas.
Una bengala que humedece el silencio en que arcanos
y péndulos se materializan.
Todo es irreal.
Todo es real como un minarete o sinónimo que se tensa.
Los objetos aluden a aquello que no tiene tacto.
Y los pájaros saben que la pisada es una especie de barbarie
de la cual son salvados por las alas.
Eso puede ser muy subjetivo. No sé que piensan
al respecto los pájaros.
El viento es nuevamente una reencarnación.
El primer diluvio que conocí despertó de tu pubis.
Los dioses resisten en una orilla donde los navíos sostienen
lo imposible. La llegada a la brisa es un fleco
y las improntas de un ángulo
crean una paraguas con crónicas de acrílico.
La antorcha en la nieve borra la seguridad de una montaña.
La cresta es un movimiento cuyo devenir embarra
de espuma el espectro de un universo
que refleja en nuestra mirada
determinada consistencia
una cierta consistencia propia de veleros y carne.
De un patio donde la piel elige sus fantasmas.
De una vereda donde de todos los pasos que nos acompañaron
tomamos sólo aquellos que vieron con nosotros
aquello que sostenía la realidad.
Y no era el rostro que ves.
El objeto que ves.
La superficie que ya sea la humedad o el calor devastan.