martes, 11 de febrero de 2020

Dos Cabezas





Por la mañana la humedad en la hierba se une
formando centenares de copos.
Algùn pàjaro descenderà de las ramas para beber
de ellas.
O el calor al mediodìa lo evaporarà esparciendo
sus cenizas en el aire.
El viento las devolverà a una nube o conducirà
al ocèano.

Un ser contemplarà aquello y pensarà en otros
tèrminos.
La luz serà un micròfono en sus manos con la
que se comunicarà con los cometas.
Ya no habrà realidad y todo finalmente
-tal como fue presagiado-
estarà hecho de apariencias.

Un niño lanzarà un grito desde un telefèrico.
Llamarà a los còndores.
Pero los còndores no responden.
Son carroñeros que viven en las alturas.
Llevar un collar blanco que parece hecho de nieve
sòlo que el sol no puede deshacerlo.

A todo esto ese sol tiene dos cabezas.

Una se dedica los sòlidos.

La otra a lo ideal.




Existencia de un Crepùsculo





Existen crepùsculos a los que nos asomamos
de manera espiritual.
Tienen mandìbulas en sus celajes.
Poseen rituales.

Poseen mitologìas de escarcha en cada soplo
que preludia o profana.
Monòlogos que deja una estela
conformados por lenguajes de brillo.
Un indòmito resplandor se filtra en ellos.
Parece un harapo.
Un trajìn de juguete.
Una veleidad con la cual la sensualidad
cruza el vèrtigo.
La intensidad.
Eso que los bùhos entienden de noche
como desesperaciòn.

Espirales de ensueño con largas peninsulas
en sus mejillas.
El roce de la piel en ellas imagina
el alabastro. La llegada al pubis de una
mariposa donde la inspiraciòn rasga una luz
de porcelana.
Un paisaje de carbòn donde vibran metàforas
de hierro. Sobre superficies
de zinc.

Existen crepùsculos.
No enumeran ni narran historias en 
la madrugada.
No imitan los velos que hay en la llama
de los candelabros.
Se extienden como plagas doradas
en un parque.
En una singularidad que los idus
perciben.
Que ciertos preàmbulos
intuyen.

Buscan hematòmas y metabolismos.

Confieren a todo sesgo o eje una imagen.

Imagen gnòstica siempre.

Acariciando superficies trascendentes por 
la noche.

En cada una de ellas el velo ha sido 
colocado allì por el amor.















lunes, 10 de febrero de 2020

Aquel Extraño Espacio





Aùn.
Todavìa sobre aquel sigilo donde el mar postra
su imagen.
En la misma no sè si descansa o sueña
un horizonte.
Pero algo se agita allì en silencio.

Entre las palabras que viajan
por el rostro del poniente.
Palabras que separan su significado de aquel
que poseìan en la aurora.
-cosa improbable para el hombre-
La intensidad del dìa en el poniente quizà sea
otra. A otra intensidad otras 
pronunciaciones.
Otro verbo.

Sacerdotes de polen a esta hora
en que las oscuridades de la noche 
fueron seducida
por la claridad del dìa y se convirtieron
en sombras.
Todo ser. Todo objeto sobre la tierra lleva 
una.

Pàjaros y druidas en descarte.
Performance de un dìa tembloroso en un
cachorro.
Fantàstica continuidad de un gemelo que cuida
el azùcar.
Es asi?

Aùn sobre cada intemperie.
En cada ceniza de hierba quemada por el fuego
de la lluvia.
En esos diluvios que amamos y eso es todo.
Muy cerca del mar donde se anhela
la narraciòn de una legaña.

Apostados en aquel extraño espacio que separa
el vacìo del todo.









jueves, 6 de febrero de 2020

Formaciòn de un Relieve





La aurora tiene un pàjaro.
Es elìptico en su vuelo.
Una que otra coordenada lo guìa.
En rigor podrìa hablarse de èl.
Decir que es màntico.
Pseudo masòn. 
Hiperbòlico.

Una cebra se oculta en su sueño.
Cubierta de mandìbulas y papagayos.

Las hordas lucen imàgenes
en cada uno de sus poros. En las 
mismas vibran trasatlànticos.

Seres de nieve y precipicios
ascienden por una mirada de iones
hacia los dirigibles.

Contenidos de òpalo 
en la dialèctica de un gallo edificado
por el polen, descubren acertijos
en sus amapolas.

La aurora tiene un pàjaro.
Llegò con el final de una constelacion
anhelada por la fiebre.

Descubriò el sentido
de un alqumista suspendido en alguna
punta de la arena.

Y no exactamente donde el desierto
se empina.

Sin heridas. Sin necesidad del dolor.

Para formar un relieve.







miércoles, 5 de febrero de 2020

El Enigma del Ladrido




El mes se aleja.
Un dios abandona mi mesa y otro llega.
Todos miran el pan que hay en esa mesa.
El perro al lado del mismo duerme.
Sus ojos se abren para mostrar imàgenes
y luego se cierran volviendo al sueño.

Una de las caracterìsticas de dios es un hecho
en el cual trata de imitar el ladrido
de ese perro. Cosa inùtil.

-dios no sabe que se trataba de todo lo contrario-

La espera en la cual descansaban sus esperanzas
se fueron desvaneciendo.
Desde hace siglos viniendo cada mañana buscando oir
el sonido de ese ladrido.
-tendrìa que saber en primer lugar que es el sonido-
-tendrìa despuès que saber què es el ladrido-
Todo para nada.
Estimo que un dìa dejarà de hacerlo.
Supongo que algùn dìa -salvo yo- nadie sabrà
cùal fue el destino del pan que hay en la mesa.

Y cuando ello sucedas.

Cuando ello suceda el perro despertarà.







Nuestras Venas





El viento no era un lugar seguro para la brisa.
Por eso se desprendiò del mismo.
Golpea desde entonces en nuestros rostros.

Golpea como un roce.
Un roce que busca unirse al espacio de
la mirada.
-es un roce suave-
Como esa caricia que evocamos del amor cuando
no estaba unido a alguien. 
En el principio.
Durante su llegada a cada vida, tiempo en el cual 
las cosas aparecen en nuestra alma alejadas
de las otras.
Y el amor semeja una linea que esperaba 
una palabra.
Un canto que anhelaba una flauta para
encontrar su melodìa.
Un metabolismo semejante al vacìo y los
eclipses.
Un dìa de rasgos.
De leyes al final del crepùsculo donde la noche
empieza.
Y es semejante a un rayo entre nosotros.
Uno que nos separa.

El viento no era un lugar seguro para la brisa.
Pero en las calles hay materiales 
sordidos y luminosos que atraviesan el corazòn.
Birremes que se arrastran como barajas
entre la magia o la silueta 
de un velo.

Son ceremonias donde el brillo
se confiesa pero lo hace ante el destello.
Y lo secreto cuenta su enigma
pero a lo màs profundo de la aurora.

Lugar donde los màstiles yerran
incandescentes.

Entre insaciables bandadas de algo que no
podemos determinar.

Algo que sòlo puede correr en nuestras venas.



Las Señales que deja un Jaguar





El lenguaje nos encontrò una mañana.
Tenìa ìdolos de barro.
No lo sabìamos entonces pero tales ìdolos
eran adorados por espìritus.
A veces por demonios.
De cualquier manera nunca dejò de ser
una extraña escena.
Todo un espectàculo.

El mar es septentrional pero no roza una hoja.
La experiencia es un hilo que se
sumerge en un enjambre donde la realidad
desaparece. Prontuarida y sutil
como los elementos.
Como las señales que deja un jaguar en la arena.
Un jaguar beodo. Peritoneal.
Deduciendo siempre entre limones de hierro.

El lenguaje nos encontrò una mañana.
Tenìamos en nuestra boca las palabras que iban
a ser pronunciadas ese dìa.
Habìa en la metàfora un ansioso vilo con
el que mordìamos violines o
ascendimos a las estelas.

Oh adolescente animal que llegas
de la apariencia con un mitòn en tus sienes.
El pàjaro que naufraga en tu silencio 
es aùn de menta porque ese silencio existe
como un daguerrotipo
donde ocultan los brazaletes
el rostro amarillo de 
una araña.

Y los flancos de eter incrustados como
oràculos en sus talones.