jueves, 3 de agosto de 2017

Los Arquetipos de las Imagenes






La flor en el pico de un pájaro anuncia después de las 
alas un hemisferio, otro plano de estrellas.
-el hemisferio es de prismas, el plano de cometas-
La piedra sobre el himno tomado de las agujas
llega a un crepúsculo.
A la vida de un relieve en el sol.
A la existencia del sueño en las aletas de una hormiga.
Los dioses escriben sobre corolas y 
superficies. En cada aposento el ladrido extiende un 
vortice con aceitunas y en las
llamaradas
del naipe un silencio despierta a las heridas
de una penumbra.
Allí los dirigibles agitaban todo aquello que creía sobre
lo profano.
O acaso era el significado encerrado en cada
una de nuestras metáforas?
La intemperie de un maleficio dorado en nuestras
imagenes.
Te hablo ahora que duermes nativa sobre un templo.

Días de vidrio con una máscara de ensueño en las celulas.
Días de vidrio enquistados de pronto en una orbita
o sintesis.
Pájaros sobre el horizonte que tejen una linea
en la cual los menguantes inundan una semilla de sauces y el 
barro incrusta en las sienes el maxilar de un
templo.
La ojera de un comunismo.
La heterodoxia de un arquetipo que desciende de las
apariencias hacia un preámbulo
o prolegómeno.

-en cualquiera de sus formas no hay mucha difererencia-

Su nombre siempre pertenecerá a la realidad.








El Barro Cristalino





Hay un horizonte.
Un libro de rieles individualizando griales en el interior de la 
hierba. Un manto de espirales donde
un corazòn recoge la noche.

La vida de una manada en las pupilas.
El acantilado donde responde a lo nocturno un
petalo.
El escarabajo que atraviesa la duda siempre en
un verbo,
Un reino hecho de minaretes.
Los sacerdotes caminando a travès del cuero y las
ciudades compuestas de talones y algo mas, algo 
asi como el origami con una razòn en las pupilas en
el instante donde emanan.

La quiromancia en un acertijo con pigmentos celestes
y ribetes de hule como los que
cruzan por la noche las cronologìas.

La hipnosis en el significado de un angel
donde habitan los seres del pubis y miles de fragmentos
gamados.

Una puerta. 
Un indicio de coral en las encrucijadas.
Un movimiento de helices semejantes a las que trae una
ventana en uno de sus hilos, con apariencias
dotadas de escamas o sigilozas ballestas encrespadas en
un higo.

Existe una estela.
Un significado contiguo a la lluvia.
Un significado despuès de los telefonos.
Una posterior abstracciòn de los semaforos entre sus
colores.

Cuando ya lo policromo se ha alejado del destello.

Y al parecer sòlo el ambar.

-solamente el ambar-

Desciende sobre el barro cristalino.













El Mar





Luego el mar.
El silencioso tiempo de la arena que desaparece entre
los tejidos de la orilla.
La llegada a un universo que alguna vez se agitò entre
la nieve. 
Imagino ese tiempo en que los continentes formaban una
placa. Asi fue en alguna especie de principio.

El mar.
Con sus peciolos al borde de los màstiles.
Recogiendo a cada instante mitografìas de las olas.

Los navìos en èl llenos de peces y coreografìas 
transparentes de espuma.
Las superficies donde el sol inundaba de destellos alguna
mañana esbozada o enarbolada por
un puerto.
Por un muelle lleno de rituales.
Pintando una visiòn en el infinito de verde.
Una semejante a la creaciòn quizà.
Proyectandose al sueño como un horizonte o un fantasìa.
Cayendo en la brisa igual que un 
espectro.

El mar con sus pàjaros y sìmbolos.
Con sus escaleras de agua y daguerrotipos de aceite.
Con su inocencia purpura en la cima
de sus selvas.

Mientras los hombres buscan puntos de agua en las
manos.

Semejantes a idolos de arcilla debajo de la
inspiraciòn.





miércoles, 2 de agosto de 2017

Rigor de Astillas






El invierno o la catalina de cera en una intuiciòn.
El sueño junto a una melena dormida en los escrùpulos.
El salario dermatològico de cada peine en las
envergaduras.

En los objetos donde el universo cede animal a un
destello prehistorico que llega de las nebulosas.
De las fotosintesis.
De los microscopios en los baules de una botella.

El invierno o los sepulcros donde el espacio elige la
vida del tiempo y la aleta del limòn en la boca 
de un buitre; constelado por el helio.

En las sintesis de tela esquivando vanguardias.
En las esquinas donde transporta la brisa una dicotomìa.
Una escencia de naipe.
Una clarividencia de extraños tatuajes rodeados por
eslabones.
Por maleficios de amapolas y peciolos.
Por nervaduras y eslabones llenos de sacrificios desde
el polen.

Y desde aquellas ciudades habitadas por un cuerpo.
Por una habitaciòn de metal sirgada por leviathanes.

Ebria de diluvios en los morrales donde la creaciòn
cede a una xilografìa.

Y el equilibrio en el pecho a una campana de aire.

A un rigor de astillas descolgandose del infinito.










La Existencia del Nombre






Como un megàfono o el ejercicio boreal de una cupula.
De una saeta donde vacilan los galgos y los sacerdotes 
recorren
el estrèpito o las temporadas de uvas
en una alameda. 

En un voceo posterior a la luna.
Al astro compilando secretos de agua en un hilo.
Maritimas marchas de revelaciones y espejos donde 
el enigma
aùn se repite como imagen o crater.
Como teorema de vinilo.

Como un meridiano cortado por un vuelo o el filo
de la realidad tensando un nervio en cada aurora. Junto
a diluvios y animales grotezcos de velo y escarcha.

De limites y preludios. De escamas y peces en ellas
con fronteras de espuma; todas complices en sus 
palabras; todas doradas en sus labios
y los helices que en el fondo del oceano anuncian
la llegada de los demonios.
De los obuses.
De los daguerrotipos llenos de profecticos 
dragaminas en una de sus
escaleras.

Muy cerca de un viento que tiñe secuencias de color
naranja.


Y pregunta allì si la existencia del nombre es el 
espiritu.





martes, 1 de agosto de 2017

Los Galeones Rojos





Las andanadas se dirigen a un libro de sienes.
A una digestiòn.
A un metabolismo con espinas.

Entre los arcipestres y tallos hay una linea tomada
de otra manera por el esoterismo
pero ello sugiere un vagòn de magnesio. Un rotar
de alevines.

En la angustia se detalla el exodo de una moneda.

Faroles donde se oxida el invierno. Donde la lluvia
al llegar a las superficies, enmohece.
Latigos que doran el sol con tendencias y giros.
Gritos de escarcha en el hambre de una cadena
conducen estrellas y subversivos retratos de una 
feria.
De una lupa con idolos.
De un periodo de sal trazado entre los
rastrillajes.

Formaciones de escalas en cada cronologìa 
de limòn tocada por
la noche. Diarios escepticos de un dado
sobre los monopolios.

Sobre un rigor antediluviano propio de una grieta.
O un manantial partiendo de las escamas
hacia el aire.
Hacia en ballet de hojas entre simetrìas
o conjuntos de acidos boreales, sutgen las raices
de las cosas.

Igual que un lenguaje crispandose en 
los tallos.

Los tallos alimentados por galeones rojos.








Himno de Plastilina





La luna entre taciturnos astros o de todas maneras
el epitafio de una corola en una dimensiòn donde trotan 
los caballos hasta llegar a uno de los cirulos de la
arena.

-¿era acaso el ùnico?-

O era acaso la tensiòn con una amapola. El valle 
abierto por extrañas latitudes?
Por extrañas verticales donde vivia la tarde ebrìa de
centauros?

Y màs alla un abanico. Un santuario donde inhalaba
el precipicio el espìritu de escoltas amarillas, entre
sordidos columpios de plomo y avenidas que encallaban
sobre hordas.

Y los astros alrededor de un juguete.
Los astros suspendidos por la ambiciòn y las sombras
Por los polinomios en el aceite y los rehenes azules
encerrados en los poliedros.

La luna. Todo el celeste apagado en ella que 
logrò ser premonitorio. Encerrado en una calle de molinos.
Disputando al ser un teatro de inutiles alquimias.
Tomando de la lluvia horizontes tras horizontes
de elasticos.

Como lo hace la goma.

Como lo hace un himno de plastilina esta mañana.