viernes, 10 de junio de 2016

El Nùmero de las Hojas






El nùmero de las hojas es el mismo.
Tienen una sombra plateada como la que
poseen los àrboles.
A veces son semejantes a pàjaros atonitos 
o verdes.
En sus pensamientos hay una flor digerida
por las ramas.
En sus metabolismos hay un corcel 
con perimetros de luz abandonados a la
yesca
a los pumas y las herraduras
a las canciones y perdigones que se
oprimen
a las efigies desesperadas en el pecho.

El nùmero de las hojas es el mismo, pero
no siempre es igual al del caballo y mucho 
menos a las luces que crean espigas
en algùn punto de las sienes
donde las corazonadas no son
iguales a una sospecha y veo asi
sometida la transparencia del
preludio a otro fervor.

A uno que desconozco.

Entonces
iguales a un camello
encuentran grillos en el hidrogeno y en 
las inmensidades de los aminoacidos
deciden representar una cabaña
donde los manantiales
son de cera.

Asi llegan a la plastilina.
A una especie de humedad.
A las ventanas que yerran ciegas entre
las mandibulas.
A los pasos de un ser en la rama mientras
creaba daguerrotipos. Junto al tàlamo.
En los nombres de los obeliscos
y las porcelanas, en la demasiada
fortaleza de los puntos antes de 
llegar a los hidrocarburos
con un lenguaje donde
sòlo se tiende la silueta del vapor
que se eleva a la atmosfera. No
hay otra.

El nùmero de las hojas posee un craneo
y de manera diametral encierran el
deseo en las fintas de un poema
que sabe de bozales.

Pero el nùmero de las hojas es
tambièn infinito.

Lo infinito -debo añadir- es una hoja 
o un objeto que se separa de los àrboles.

Buscando las nervaduras o los 
parpados.

-a veces da igual-

De una chimenea girando a las imagenes
del oceano.











jueves, 9 de junio de 2016

El Dìa





El dìa y el asfalto colocado en el àrbol
donde una malla de gas es sujetada por el helio.

El dìa y en èl los latigos, las cenizas de un barco
ebrio de hemistiquios y toxinas, de violines,
de baules que siguen a la sangre cuando traza lo
pristino sin necesidad de incrustarse en la arena
o en los ojos.

El dìa, pero no el dìa que amarro al silencio de 
una gruta, ni el dìa que pregunta en el diàlogo por
las narraciones que el vilo posa como un enunciado
ligado a los mentones y los hematomas de los
hilos.

Aquel que no es una medusa ni una anemona, pero
igualmente radica en los pulmones con sus hebras
de platino.

El dìa abstracto, como -en ocasiones- la plastilina 
en mis sienes. Digo es ocasiones para no alterar
el sonido de los ecos en los perdigones.

-esos que son tan lejanos-

El dìa -no este- que se arrodilla en las cascaras y 
sueña en los platanos, bajo temporadas de hipotenusas
y medanos, que dejan en la tierra las dagas con
que seguramente este otoño degollarà un
heliotropo.

El dìa junto a los esquimales que besan ese 
heliotropo.

El dìa, pero no el que se coloca en la puerta de
esta casa, donde se ahogan los aeroplanos con
botellas de mistica y las fauces parecen ser aùn
de las panteras, amenazadas por dioses de 
alambre, desde alguna extraña 
perspectiva.

El dìa y el pavimento, colocados en una urna 
y en contra el dibujo de un murcielago colorado,
proveniente de un aura a base de golpes y
conocimentos que descienden de lo urbano
con una caravana de ciegos indicando
el extasis abdominal de las hecatombes.

De los diluvios.

-y por cierto-

De los leviathanes alimentados aùn por las
penìnsulas y las banderas.







miércoles, 8 de junio de 2016

Fragmentos





Los barcos enseñaban sus fotografìas
entre los imanes.
Nombres de brisas elegìan en el viento
sus hemiciclos.
Buscaba un hilo, mientras el dìa se sumaba
a las helices.

Sustantivos y casas para el lenguaje de
las bovedas.

Historias en una huella de anuncios
con apariencias legendarias.
La distancia de un dragòn colocada en
la vida de los tulipanes.

Idolos con un peso de luz entre los elementos
y en alguna existencia, ademàs todo gesto 
convertido en hambre.

Escencias de nieve en una cabellera, donde
las boinas desertaban hacia 
los juguetes, inventando un universo en el
cual se organizaban los plasticos.

El comportamiento del agua en las casas
donde inflexiones de sueños
son tomados por un tallo, pero la vida de
un tallo suele darse sòlo entre veneraciones
de acrilico.

En anuncios de alamos.

Donde las mascaras se entregan a un idioma
encerrado en la desvanecencia de 
una luz, que materializa los fondos de
una caverna, degollada nuevamente
en el lenguaje.

Los barcos enseñaban sus radiografìas.
Los nombres mostraban sus idolos entre casas
donde los maleficios aprendieron a separarse
de las cosas continuas al sol o los
despliegues de una resaca
destruyendo las estelas fragmentadas por 
las mareas.

Y el hombre aqui.

El hombre pensando que cada fragmento es
un idolo.














Las Cenizas entre los Humeros





Este atardecer serà como una voz siguiendo
toda secuencias de la linfa, cuando hunde cometas
y el viento de lejos, parece despertar un atlas.

Pero yo deberìa dormir como una pregunta en 
las luces, cuando llegan las tinieblas del pàjaro y
algunas circunstancias de hule son insomnes en 
el pelo.

Yo deberìa encontrarme con los senos de las 
flores, empujar a las jarcias contra este otoño de 
leche, donde sufren en el pavimento, las alcantarillas.

Yo deberìa encontrarme con las ubres, antes
que el color del lunar muestre sus contrarios y las
cosas amarillas sean ludicas y electricas.

Esta tarde todo serà como un astro en la urna
a la cual regresan los vilos, despertando un ala
o los nucleos que oprimen los bosques.

Este atardecer con universos de atalayas, con
uñas tomadas de las puas y de las bocas uniendose
en una montaña de grevas en los alfileres.

En los dormitorios donde es infinita la estampa
de brea, donde llego al plastico sin ningun prodigio
de arena, por màs que la orilla duerma ligera.

Por màs que los reflejos regresen a los oboes
con evocaciones de extrañas naturalezas, donde el
oceano tirita en los escalofrìos del medano
al cruzar la orilla.

De esa orilla porque es cervical.

Y  de los sueños porque llevan en sus estelas 
la dimensiòn que recorriò algun atardecer el jadeo
con el cual recogìan sus cenizas los humeros.
















Poema





Era la palabra. Como un semidios o
un bajorrelieve en las entrañas, donde un
espectro colgaba en el dìa una braza, 
una particula, una celula desprendiendose
del mito en el cual era errante; errante como
en el universo un otoño, antes de ser 
arrojado a la realidad.

Como un sino de telescopios y barcazas
flotando en una casa de peces o el ayuno de
sacerdotes amarillos en el agua, mientras
el oceano dibuja sus primeros coloquios;uno
de ellos se dirije al papel por la noche.

Moradas y lunas de garrochas, el paso
violeta otra vez del asteroide y un confìn de
inercia hacia el cual viajan los destellos
con su infancia de helecho en las selvas
y la adolescencia del gorjeo en el cemento.
La juventud vendrìa a ser de los cometas.

Era la palabra. Su silueta encarna por el dìa
los promontorios, donde venenos y torres
viajan por el dìa, hacia escalas incandescentes
de planos y presentes, con ejemplares que la
mistica incendia en sus sueños, entre los
màs remotos reductos del verano.

Era la palabra. Con un dìa de bosques, donde
el sol desciende del hemisferio para ocultarse 
en el cuello, rodeado de botellas y cisnes.







El Paladar de los Màstiles






Oìgo en la hoja.
En los màstiles formando su paladar.
En los arciprestes que flotan a destiempo en su nuca.
En las manchas del agua mientras el destino 
anuncia flores antiguas entre lo
milenario
disecadas o señaladas por las agujas que regresan
de un craneo, entre los mandamientos y
ofertorios.

Oigo.
No es precisamente el mundo que esperaba.
Pero no tiene porque serlo. Lo que se aguarda suele
ser la continuaciòn de un menguante, 
la flexibilidad de un cuerpo para
llegar a la luna por la tarde
cuando un punto es sexual como el polen
cuando es dificil encontrar esa luna por la tarde
y la misma intenta tensarse, agitandose 
entre cartones y hemisfericos 
pesos.

Lo que se espera es sòlo es un marco, donde
las galeras cuelgan un territorio de zinc
en las olas, llenas de azufre y 
conjuntos de avispas.

Tambièn observo.
Desde el interior de un zoologico veo la parte
azul de los animales. El desplazamiento de
mitones de azucar en su pulso, el
lumen o la intensidad de este 
otoño en que los
hormigueros
son univocos, semejantes en ello a otro sentido que llega
del agua.

Y donde las cosas corresponden silenciosamente a 
aquello que vive debajo de los liquidos.

Formando sus cadenas.






martes, 7 de junio de 2016

Civilizaciones de Aves





Mi casa es de aceite.
No tengo nada contra ella, pero a veces pienso
en que debiò haber crecido entre parpados
y tallos. Eso alejarìa la visiòn de una
casa con paredes y suelos
de aceite. Pero, en què la convertirìa.

Asi tal cosa es imposible.
Y en mi casa sòlo hay lunas y adobes para
edificar supersticiones que por la mañana recogen
los buhos. 

En sus habitaciones sòlo existen
rasgos donde un periodico examina
carbones, como si ello
fuera un objeto 
màs
perteneciente a una historia, donde se abandona
el conocimiento de una civilizaciòn
con garfios en el rostro
e inmensas industrias quemando fosiles y se elige
aquella cuyos similes se asemejan al
estro en un instante ebrio de fosforescencia en
sus pètalos.

En sus superficies donde los motines se parecen
al hambre.

En sus suburbios donde el origen del oceano puede
ser marginal como un àrbol.

-todo àrbol lo es-

En sus copas, civilizaciones de aves existen
decapitandose.