viernes, 3 de abril de 2015
Poema
Nos han dado como enigma una rosa.
Un tren de fosiles y de nauseas.
Una nube de plata extendiendose como un
reguero.
Una historia de cobre revelada por la
exactitud de un bagaje, en cuyos ciclos se
desnudaba un uniforme.
Temporadas de ritos se alzan desde nuestros
cuerpos, llevando dìas de mandarines y langostas,
hacia un lugar donde el bronce se eleva igual
que un trueno hasta caer en las
bengalas.
Es nuestra una casa un lugar de tigres y obsidianas,
con estacas de nieve, algodòn y remolinos en
el pecho.
Por territorios de alamedas encrespadas
recorrimos figuras en los troncos, entre niveles de
tallos con los cuales desdecir,
incursionamos
en la electricidad de nombres como
los gladiolos,
de rocas como los vestigios,
desde lo astral tocamos esa serpiente numismàtica
en las sentinas y una vez
que el papel hubo llegado
a los pabellone y balaustradas, alojamos
pavimentos y cofres junto a una escritura que no era
la nuestra, que no nos
pertenecìa,
que jamàs serà nuestra,
pero sigue cantando cada dìa y cada amanecer
como violines profanos entre la nada.
jueves, 2 de abril de 2015
Brisa Negra y Violeta
Sòlo eran cabellos.
Tenìan un lenguaje de vinagre en el pecho
como el nuestro.
Descendìan de los àrboles con ciudades en
la boca que esconden un plaga.
Sometìan de noche coordenadas y piedras.
Semiòticas partes de mirras y libèlulas en esos
cabellos tomaban la verdad de una canciòn profana
y entre conjuntos acrisolados de funerales,
evocaban aquellos en el pulso.
Ondeaban en el hierro intermitente de las calaveras.
Golpeaban el iglu de todo deuteronomio
sentado en los parques,
colisionaban con las enciclopedias
entre regimientos de diamantes.
Encontraron su mitografìa en la lucidez
de ningùn terciopelo,
caminaron con su boca a una regiòn de suburbios,
donde debemos las centurias a los
gallinazos,
al icono protestante de un artìculo revolucionario
originado en una orbita.
Sòlo eran naturalezas que empezaban a declinar.
Llegadas a ciudades deserticas, ancas tomadas de
los maxilares. Una cabellera.
En esta los aleteos de plastico se quedan
petrificados, hasta que la brisa se desnude negra
y violeta.
Molinos
Te habìa visto rodear la noche.
Formar circulos para que su azul no te tocara.
Entregarte al sueño de manera que jamàs lograras
despertar.
Pensar de manera que lo sobrenatural no pensara
en ninguno de tus pensamientos.
Sigues pensando que cada calle està llena de molinos
y en ellas te aguardan las aspas.
Escribe poesìa cada noche, de manera que nadie màs
que tù pueda vivir en ella.
Pero te equivocas.
Siempre te equivocas.
Y es necesario y mortal, que en los pàjaros que miras
se esconda algùn equilibrio.
Para que aquel que dices como tuyo, constraste.
Hasta se atomize y llegue temprano a las rocas con una
sola esperanza en el craneo; la de ser golpeado
por las hojas cifradas en èl.
Por ese lugar donde el punto te darà indispensablemente
por muerto.
Allì seràs una inmensa estela del cual sòlo las hormigas
hasta - con desesperaciòn- se dedicaran a reconocer
sòlo tu nombre.
Te habìa visto rodear la noche.
Pensar en los submarinos como si te pertenecieran.
Llamar a los àrboles como si se tratara de frutos
en los que alguna vez reflejaste de manera
fugaz, el contenido del eter
los subsidios del aura.
Te he visto rodear la noche.
Seguir a los hombres sòlo porque sì.
Dormir y si es posible despertar en un mismo
momento.
Uno en el cual sòlo eres conciente de que aquello
que sigues, sòlo son molinos y aspas.
Plano Esotèrico
Extrañado en ese jardín de aguilas que busca.
Con recuerdos y estìmulos de altamares y notas
de vidrio.
Creado por los idolos en una casa de overoles
donde los nichos de derrumban.
Con una mancha de fuego en la mente llevado
por ondulaciones de avispas.
Dormido y humedo como el ruido de los
minerales.
En los artificio de una casa en la orilla del barro
y sus flautas una tarde de sol en que todo envejece.
En orficos templos de muselina.
Sumergido en las rejas amarillas de los animales.
Sin vocaciòn ni identidad, a no ser por el corazòn de
una piedra, en el instante espiritual de su existencia.
En las solapas de un menhir lleno de candiles
en sus oidos.
En los monstruos de las escafandras y los megaterios,
un otoño antes de la llegada del invierno.
En una fotografìa de perchas y graznidos que
juntan vocales.
Cuando el tono es de inflexiòn, como un vasto y
territorial genocidio de cauces o la diferencia
es un cuadro, soñando en las catalinas de
una bicicleta.
En el árbol que forma instantaneas de un arrebol
de maìz junto al espantapajaros, donde una
quebrada se tensa.
En este jardìn megalìtico con nombres cretaceos
de la lluvia.
Bajo la caricia de un manantial nativo entre las
reminicencias.
Entre acueductos y latigos con sueños de
navegaciones.
Entre trascendencias.
En el interior del enves, sometido por otras
temperaturas.
En los colores del acido, mientras lo sinuoso
concede a los brazaletes, el vuelo
de esotèricos planos.
Lo Equino y lo Ecuestre
Los caballos existen.
Y empiezo afirmando que ello es
una ciuda analitica, donde la fantasìa procede
de manera mas real en alguno de los ejes
de sus fuselajes.
Los insectos dormìan en aquella ciudad.
El oxido habìa sido olvidado.
Los sonidos despuès de tocar su misterio,
eran inservibles, borrados de la hojarasca y el
mango, del pino y los trapecios.
Hileras de lluvias pasaban por el arrobamiento
de un cuello.
Otras escribìan en una nuca donde la estrella
desertaba de tal o cual infinito para dejar
de ser admirada.
Què clase de dòn hubo allì que no pudimos
transcribirlo.
Què clase de dòn que aùn podemos tocar lo
universal, siendo pequeños, invisibles al
ùltimo momento donde las cosas
renacen,
junto a morrales de vidrio, llevando en
sus espaldas, algas.
Los caballos existen y son equinos, luego
de esa transfiguraciòn,
camino a los violines sin una circunferencia,
asistido por el todo y la perversidad
de un panegirico
tomado de las causas marrones de una roca.
Filamentos de piedra con cuatro patas, describiendo
estrellas debajo de un museo.
Las caracteristicas de una confesiòn
y los adjetivos naturales
de una herradura
donde brotaron las catalinas
como una hermosa poesìa de aluminio
buscando en la velocidad su estela.
Y
la humedad habìa colgado aquellos caballos
de arena,
en todo lo ecuestre que se puede ser despuès
de las mandibulas.
Silencioso y primigenio
con una equina bandada en las muñecas
-entre siglos de kilos y toneladas-
a los eslabones.
miércoles, 1 de abril de 2015
Poema
Aquí en la encrucijada de la lluvia
desfiladeros de agua, forman nuevamente
sus entrañas. Sus huesos otra vez a una misteriosa luz,
su esqueleto nuevamente en movimiento
llevado por corrientes y ráfagas.
Yo oigo. Los barbaros pasearon por la noche
con otros uniformes, bajo la sombra de una alambrada
donde tatuaba el heliotropo su existencia en
las piedras.
Raciones de verde, segmentaban la escarcha
entre rituales de otoño donde, la desnudez
era un ciervo, abriendose paso entre la dimensión
de la espatula, donde giraban los cernicalos
al don ingenioso y mortal de su
carnicería.
Aquí en el naipe, junto al amuleto,
donde reconocen las lamparas el dominio
de los rieles,
el rastrillaje del sudor en el cuerpo,
el reglaje de una ola.
Atlantico el mar que no es meditarreaneo pero
lleva sus aguas, silenciosos meandros donde
la luna forma un zohar en él, diversificado por
una cadencia,
exiliado en el tiempo original donde lo
homogeneo,
ejercita en los jardines el sentido del torpor
en el hombre,
la narración de un jazmín en la frente,
una noche donde los megaterios bajan a la piel
con otra gravedad: Una de animales antediluvianos, por
ejemplo.
Aquí. Ante un océano
de ultravioletas astrónomos.
El Canto Secreto
El universo despierta.
Las voces que se sumergen en él son
de platino,
de un juego esmeralda de ciegos sobre
una cabellera,
de una tierra donde las aves aprenden todavía
a alunizar.
Tales aves son sensibles a la astronomía y
la aeronautica.
A días de astrofísica y los círculos
que en la arena crea la mística
despellejada por la magia a veces.
El universo despierta
hay un astro aquí y otro allá que no
encontrarán su rumbo
y hablan entre ellos sobre qué destino
tomar.
Hay una galaxia más allá,
un agujero negro del cual brotan mariposas
blancas.
Ese es el universo en el cual fuimos entrenados
para ver el cuarzo,
en el cual nos aguardarán los zafiros
con melodía de cámara y lenguaje
de sepulcro.
Y mientras tanto
el pavimento donde descansa
un helicóptero,
desentierra otros objetos del aire,
un trébol,
un cine de hojarasca,
una mandíbula en el horario secreto de
los reflectores,
del topacio nombrando las silabas de la
desolación entre fraguas de
anilina.
Transparencia de un mundo que circunda
tomando una antorcha,
una historia donde se bañan los fósiles
entre cuadernos que acaso
diseminan
el silencio de una liebre,
la espora que enumera celulas de barbaros
junto a un verdugo,
despidiendo aproximados de nieve.
Y yo pienso que esto es una forma de la uva
antes de escribir en la aceituna,
que los desiertos son largos y las criatura de
abeto.
No perfectamente redondas como el sueño, no.
Tampoco como los treboles que en el
aire despiertan acompañando
a sus entrañas.
En un amanecer donde este poema empezó con el
canto secreto en la oscuridad de una
cigarra.
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