lunes, 9 de agosto de 2010

Entrecejo de la Palabra

Entrecejo de la Palabra



Una palabra, desierta y oscura.
Un rìo cutaneo en los alquimistas
del oceano, cuando lo profundo deja
de maquillarse delante de la tierra.


Pobre tierra que jamàs logrò defender
su apariencia.


Pobre castillo de papel con cita
de poema.

Tristemente es el mundo cuando su equipaje
es de hombres.

Cuando su lumen es esquirlado
por remordimientos.

Por un astro dejando atras la forma
de todas las constelaciones.

Y una estrella perdiendose
en el espacio.


Al intentar seguirlo.



Guillermo Isaac Paredes Mattos

Entrada a la Inocencia

Entrada a la Inocencia



Què brillo desconoces, que no haya
mostràdose a tu ser, desnudo,
encarnizado.


Què horizonte de vacìos
sensualizaron trèmulamente una pradera
una pista con la cual reconocer
en el amanecer, una parte del final
etiquetado por otro corazòn.

Y su ensueño de miradas llevado
al màximo del privilegio.

Del tormento màximo del vertigo
donde caminar era mentira
como estela del orbe
donde la orilla abàndona como
la moral, el fondo de la ètica.

Y èsta, asciende a la noche
de algo axiològico y fino.

Terrible y atrozmente fino.

Como un cometa.



Guillermo Isaac Paredes Mattos

El Antro del Gemelo

El Antro del Gemelo



El universo como un punto de siameses
y cristales.

Como un albañil de velos descabellados.

O un asta donde se borran los puertos.

A estas cosas, un hastìo de luz fuerza el brillo
del contraste, el torno del confronte.

Un arma es recogida en los acidos
de las sienes.

Dos capìtulos de un soplete interior,
fatal e ìdolo de monumentos
que viven un segundo, asisten a la bruma.

Allì el granito es genuino como un carbòn
de arcanas rotaciones.

Y el carbòn replica en ellas, un tiempo de gondolas
lo milenario tan secreto entre la vida,
la arboleda del agora.

Dimensiones que acogo con mi nuca.

Lechos que jamàs me aguardan.

Anhelantes escarlatas donde el ave
divide su exilio para rasgar el cielo
y no llegar a ellas.

Ese es mi pronombre de jinete en una duna.

Mi erotismo de quien no camina.

Y en ese paso, sepulturas del clima
la vertebra desprendiendo su significado
la fonètica de esa luz hacia un ángulo distraìdo
donde la eternidad
es una cupula de hambre y asesinos.

Un jinete - como ya dije- donde incluso
la vastedad del relàmpago
induce el drama para deducir en que
ortopedicos gritos
la entrada al infinito era mi sueño.





Guillermo Isaac Paredes Mattos

Monòlogo de la Naturaleza

Monòlogo de la Naturaleza


A lo sumo, igual que el ente no somos
màs que existencia






No aprendì a vivir entre talismanes
pero crecì entre ellos.

Supe de sus àlabes, como eras de dolor
tomadas por la hipocrecia.

Supe de aquellos presenciando el juego
de la hoguera
cuando las llamas abandonaban el cantar
de sus cuerpos
y no habìa màs vacìo que aquel del yo
respirando en sus venas,
el ontos de su sangre.


Nunca aprendì, el conocimiento es rebelde
debajo de la arena,
se sumerge en las batallas màs profundas
de la tierra.

A hombres de esa naturaleza, nadie puede
pedirles algo.

Y ya que no aprendì, supe que si era herido
tarea de la herida era escribirse.

Cantar de si, si deseaba.


Herirse es estadio de las mismas
acercàndose a ellas
con ese movimiento que llega de
la conciencia mas que
de la lucidez
y como toda lucidez para serlo
debe ser vertiginosa, concluì
que ser conciente de mis heridas
era un convenio gratuito
con seres y entes desconocidos.

Una profecìa descomunalmente hipòcrita.

Creo en los amaneceres, màs que
en el aura del dìa.

Amo los faroles, siempre y cuando
tengan mas derecho que mi corazòn
a dejar un pètalo de fiebre
en el mundo.

Y lo ùnico que he hecho es guardarlos
para mi soledad.

Debo ser una especie de poètico degenerado.

Alguien que vive demasiado en el extasis,
pero que vive
finalmente.

Y puedo hablar de èl como quien le quita
la costra a una herida
y dialòga tristemente
con esa llaga.

Y he muerto, el juego de mis talismanes
puede herir su ciencia
con esa fatalidad que la existencia
no logra reconocer.

La existencia es un melàncolico mundo
antes del agua.

Y he vivido sediento, no conozco manantiales.

Sigo siendo un largo monòlogo que pisa la hierba
cada tarde.

Y lo hace igual que la
naturaleza.



Guillermo Isaac Paredes Mattos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Ardiente Veneno

Ardiente Veneno


Poseo una hoja, eso es todo para mi corazòn.

Con un sentido superlativo del aire
y la miseria
reconozco su signo eludiendo
la sacudida que mimetiza mi aquelarre.


Quisiera, a veces quisiera
que la lìnea se alejara
para conocer de que manera
su universo se inspira
en este yelmo de escrùpulos
cubiertos de nausea.

Pero soy tan humano.

Que a veces - como ahora- me sublevarìa
ante ello, para notar que no fue
la hoja lo ùnico que decidiò mi vida.

Acercarme a ese revolucionario llamado corazòn
rebelde eterno de las causas perdidas
de las derrotas
de los màgicos desastres.

Pero desde esas hojas
las palabras han detenido su vida
para observarme.

Y eso se convierte en màxima
que retumba en los arboles
humedeciendo el idilio de fuego
enceguecido por su propio sueño.


Desde esas hojas las
palabras han conquistado mi mundo.

Y yo he perdido mi vida
para siempre.







Guillermo Isaac Paredes Mattos.

La Belleza Sagrada.

Poema




Estuvimos tan cerca de la belleza.
Vivimos a la deriva entre sus gemidos.

Sus latidos llegaban hasta nosotros que incluso
podìamos compararlos.

Y llegar a la comparaciòn incursionandola
desde la belleza es crear otro orden.

Una ley ancestral sòlo para nosotros.

Ofrecimos los los nombres màs extraños
para su corazòn.

Escrìbimos sobre su espìritu incluso
aquello que el mismo no esperaba.


Vivìmos tan cerca de su lenguaje
que llegàmos a ese momento donde
nada puede decirse.

Ahora,
la existencia es un viento que en toda
noche enmudece y percibimos que acercarse
a su imperio
implica el riesgo de ser devorado
por sus astros.

Porque no conocemos sus constelaciones.

Esa es una visiòn que nos habla
cuando caminamos, cuando somos uno y otro
en un cadaver.

Aproximanàndonos despesperadamente
a las sombras.

Pero estuvimos tan cerca de la belleza
que nada queda para nosotros
sino ir desbaratando lo que arrastramos
impreso en el alma
como simbolo que otros hombres dejaron.

Y Nuestra cita es con lo lejano.

Somos cenizas de algo que tan sòlo se vislumbra.

Algo que nos abre la puerta, pero nos dice
que al cruzarla, nos pertenece la
maravilla o la desgracia
que esconde la oscuridad de
ese cuarto.

Aquello que como un tormento resplandece,
el ìndice de un racimo de llantos
recogiendo las ventanas de un amanecer
desde el cual se deviene
en una pulsaciòn que en todo segundo
te arranca por pedazos eso que
creìamos nuestras heridas.

Porque vivimos engañados pensando que nos
pertenecìan.

Que por haberlas cruzado tenìamos
el derecho de llevarlas en la mirada
como un arrojo de desvanescencia.

Digo creìamos.

Porque siempre hay otras.





Guillermo Isaac paredes Mattos.

domingo, 1 de agosto de 2010

ImaGENES

Imágenes del Verbo

Por iniciaciòn y estilo del mar con la arena.
Por obra de la obra y el texto en medio del principio.
En los manantiales que ahoga el poema para ver la hoja.

En los àrboles, en la naturaleza del agua sobre los elementos,
en el viaje del ciclo cuando no es escencia
y los laberintos sobreviven con la misericordia de un templo
rendido de noche al santuario.

En sepulcros de verdes herencias.
En la morgue de una cumbre con mi beso, aquel que
trepa de noche por los craneos para verme,
con ese fetichismo que dice en la nieve
su sentencia de esquirla, su imagen de polvora
y algun destino, cubriendo margenes en las cenizas del polvo
pues allì no hay sitios para auroras.

Y la sangre derramada
desciende del crespusculo.









Juicio del àrbol


De la noche decir es virginal estambre que conoce y
desconoce virgenes y ruinas de cera.

De la noche los yelmos memorizan escudos y es posible
una memoria que sensibiliza su estuario
para encontrar su idea.

Hasta el remordimiento cruzando el indicio es inedito.
Hasta el menguante que amenaza la luna es de odio
y la ira es estètica, màs estètica que la silaba unièndose a otra
evocando mensajes de venganza y desprecio.

Y en esta ciencia sin fe, pero ensueño
de liricas figuras en los laberintos,
no hay mas mitologìas que aquellas boreales
convirtiendo en superficies lo atroz
en mal del viento la belleza
y su profecìa de color sagrado
rindiendose a la ley y la liturgia.

A los nombres del halo.
A la proporciòn terrestre de un cuerpo,
de una sombra con su sombra.
De una provocaciòn que viaja hacia lo temerario.

Cuando sòlo dios es profundo.
Pero menos profundo que el hombre
y su mano.









La Cúpula del Helio


Hay una figura que el oceano no ha elegido.
Hay un parpado de estrellas que arrojan epitafios.
Hay lineas de avutardas que encierran a un grillo
y lo condenan a quedarse ciego por la tarde
cuando el sol es de arena
y la ciudad una parabola de humedad
y hojas secas.


Existe la corriente de extinciòn en mi boca.
Mis ojos despreciados por propios neologismos
cuando definir no es cosa de arte
ni de lo divino.

Y es tan efimero ese momento que
paralizado en el estro, doy fè de universos a mi
lado creados por cenizas,
por brillos nefastos y crecientes desastres
que arrojan un dado a las mareas.

Y como si fuera un niño entrego mi vida a ese juego.
No porque sea universal.
No porque su apariencia ignore en la lluvia lo eterno.

Es sòlo un invierno en su garganta que llama
por mis lados.

Una pregunta y una conmociòn, en la lineal
conversiòn de mi ser que responde,
sin saber ni tener una razòn que se presente
a la voluntad de esa aguja.
con la voluntad de la soledad cuando ama
el desierto.














El corazón de la Torre


Si afrodita no se derramara debajo de la luna.
Si apolo no se uniera a la muerte desde metàlicos estambres
llenos de corolas y silos, empeñados en resurecciònes y puñales.

Si desde el amor mercurio no caminara en mi boca, con ese
estilo de la soledad en la lengua, cuando mi grito
despierta en la madrugada otra vida,
una criatura que no responderà pùes la creaciòn
es sagrada cuando arrastra inteligencia al olvido.

La vida es obra dela naturaleza cuando no responde.
Responder es recrear la obra de una piedra
desde el carbòn, a veces desde algun diamante
y entonces el misterio es travesìa de astro
en un lugar profundo, sobre todo profundo,
quebrado por la apariencia de un ciego por la aurora
incendiando las cupulas del miedo en un cuerpo.

Vano el estilo de toda ceremonia, vana la visiòn
caminando del lecho a la mesa, yo hablo de estrellas
que nunca regresan al lenguaje,
yo canto a la definiciòn porque amenaza ese lenguaje
convertido en oraciòn o liturgia por un hombre.

A mì no me engaña el olor de la metafora.
A mì no puede separarme el vidrio del estilo.
La obra no existe, es una trampa de la cultura para detenernos
para que la poesìa piense que todo ha terminado.

Pero uno mira los àrboles.
Y ves como la muerte devasta los pàjaros.

Y vuelves a la esperanza de que todo no ha
terminado.


© Guillermo Mattos